Quién es Juanjo GM

Cuando empecé a trabajar en una agencia de viajes, Internet no existía tal y como lo conocemos hoy.

Piccadilly Circus – Londres

Para reservar un vuelo había que llamar por teléfono a la compañía aérea. Los billetes eran de papel, los horarios se consultaban de otra manera y detrás de cada reserva había muchas horas de trabajo.

Han pasado casi cuarenta años desde entonces.

He visto cambiar las compañías aéreas, desaparecer grandes empresas turísticas y transformarse por completo nuestra manera de viajar.

Pero hay algo que no ha cambiado: la ilusión de quien entra por la puerta de una agencia con un destino en la cabeza y confía en ti para hacerlo realidad.

Quizá por eso, después de tantos años, sigo disfrutando de este oficio como cuando empecé

Cuando tuve que empezar de nuevo

Durante muchos años trabajé en una de las grandes empresas turísticas de España, Orizonia. Hasta que llegó el momento en que todo se vino abajo. De repente, después de tantos años de profesión, me encontré ante una situación que nunca había imaginado: tener que empezar de nuevo.

Pero había algo que no había perdido por el camino: mi experiencia, mis conocimientos y, sobre todo, la confianza de mis clientes.

Me hice autónomo y empecé a vender viajes desde casa, colaborando con una empresa de Zaragoza llamada 1000 Tentaciones. No tenía escaparate, ni mostrador, ni una oficina abierta al público. Solo un ordenador, un teléfono y muchos años de experiencia a mis espaldas.

Y ocurrió algo que me confirmó que debía seguir adelante: llegué a facturar 110.000 euros trabajando desde casa. Aquello me demostró que la confianza de los clientes no dependía de un local, sino de la persona que estaba detrás.

En 2015 decidí dar un paso más y abrir mi propia agencia en Cáceres bajo la franquicia de Viajes Carrefour. Conocía perfectamente el sector, sus proveedores y el funcionamiento de una agencia, pero también sabía que, cuando alguien confía sus vacaciones y su dinero a un profesional, necesita sentirse seguro.

Carrefour era una marca conocida y consolidada en mi ciudad. Yo aportaba la experiencia, el conocimiento y una cartera de clientes que habían seguido confiando en mí. Era una combinación en la que creía firmemente.

Pedí un préstamo, abrí las puertas de mi agencia y volví a colocarme detrás de un mostrador. Esta vez, el negocio era mío.

Han pasado más de diez años desde aquella decisión. La agencia ha crecido mucho más de lo que imaginaba cuando levanté la persiana por primera vez, pero mi manera de entender esta profesión sigue siendo la misma.

Cada viaje continúa siendo un reto y cada venta cerrada me produce ilusión. Sin embargo, lo que más me satisface es saber que mis clientes van a disfrutar de una experiencia extraordinaria.

A veces pienso que los años de experiencia tienen algo curioso: cuanto más sabes de tu oficio, menos consciente eres de todo lo que has aprendido.

Me recuerda a esos músicos que llevan toda una vida tocando un instrumento. Los ves hacerlo con tanta naturalidad que parece fácil. Pero detrás de cada nota hay miles de horas que nadie ha visto.

Supongo que con los viajes me ocurre algo parecido.

Después de casi cuarenta años, muchas cosas las hago casi sin pensarlas. Detectar un detalle que puede complicar unas vacaciones, encontrar una alternativa mejor o dedicar un rato más a un itinerario hasta que todo encaja.

No lo vivo como algo especial. Es, sencillamente, mi manera de trabajar.

Y quizá lo más bonito de todo sea que, después de tantos años y de todo lo que ha cambiado mi vida profesional, sigo siendo el mismo que un día empezó a vender billetes de avión sin que existiera Internet.

A veces mejoro una habitación sabiendo que voy a ganar veinte euros menos. Probablemente el cliente nunca llegue a saberlo, pero yo sé que estará un poquito mejor. Y para mí, esos pequeños detalles también forman parte de este oficio.

Últimamente me ocurre algo que nunca deja de sorprenderme. Algunos clientes regresan de sus viajes y aparecen por la agencia con un pequeño recuerdo. Una artesanía de Bolivia, una bandeja de Santorini… Son detalles que nunca espero y que siempre agradezco.

Porque significan que, mientras disfrutaban de sus vacaciones a miles de kilómetros de Cáceres, en algún momento se acordaron de mí.

Y quizá sea esa la mejor recompensa que me ha dado esta profesión.

Después de casi cuarenta años, sigo levantando la persiana cada mañana con la misma ilusión: escuchar dónde quiere viajar alguien y ayudarle a convertir ese sueño en una experiencia inolvidable.

Juanjo GM

Viajes Carrefour Cáceres · VCG Viajes

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